La balada del abuelo Palancas | Metros Ligeros de Madrid - ML1

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La balada del abuelo Palancas

Félix Grande
(1937-2014)

5 min

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El Hombretón de La Solana solía venir a Tomelloso a vender su costales de salvado en la plaza de abastos. Cerrada ya la venta, entraba con su carro y su mula en la Posada de los Portales para darle descanso al animal y confraternizar en la taberna de los tomelloseros. Una mañana preguntó por Palancas, de quien le habían llegado noticias de su buena disposición para tensar

sus músculos con el pretexto de un azumbre de vino. Un empleado de la posada fue a la bodega de don Eulogio Torres, donde trabajaba Palancas, y le transmitió el desafío. Palancas le dijo al recadero que
le comunicase al Hombretón de La Solana que en un ratejo chiquitiyo tendría mucho gusto en ir a saludar a quien lo requería y que el de
La Solana tuviese la bondá de aguardar una miaja. Mediada la mañana apareció Palancas caminando por la calle del Campo, cruzó la plaza

y entró en la posada, ya con la petaca en la mano, pues las cosas salen mejor cuando están bien fumadas y charladas. El forastero fumó de la petaca de Palancas y conversó con él sobre cuestiones de los campos, de la fortuna o la fatalidad que residían en las nubes apareadas con los vientos, y de otros asuntos parejamente principales, y ya cumplimentada la ceremonia del cigarrillo y la conversación se sentó frente a él en el suelo; estiraron ambos las piernas y apoyaron los pies el uno contra

el otro. El Hombretón de La Solana midió con la mirada el volumen
y el alma de Palancas. No hizo las cuentas con entendimiento, sino con un reprimido y ofuscado desdén: vio que su rival agarraba la barra de hierro con dos manos decididas y grandes y que los brazos (…)

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